Historias en la ciudad de los Glaciares
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(lacapital.com.ar) Hace algunas décadas, El Calafate era un lugar pequeño y desconocido habitado por unos centenares de Nacidos y Criados (NyC), algunos Traídos a la Fuerza (TaF), y algunos Venidos y Quedados (VyQ). Los TaF, por ejemplo las mujeres y los hijos de los militares asignados a este destino, despreciaban el lugar y maldecían el viento, el aislamiento y el rumbo que había tomado la carrera de sus maridos/padres, e incluso tal vez comentaban con sus nuevas vecinas o sus compañeritos la desgracia de haber sido arrastrados a vivir en el mismísimo culo del mundo. A veces tenían la mala suerte de que sus interlocutores eran justo algunos de los NyC, gente que hacía todo lo posible por querer o al menos aceptar el lugar donde habían nacido, y el choque y la fragmentación social eran frecuentes. Los VyQ aún eran muy escasos; ni siquiera alcanzaban a formar un sector social identificable como ahora, que cualquiera puede reconocer a los más nuevos por el signo pesos y el desasosiego que llevan estampados en las pupilas.
Entonces el aeropuerto internacional apenas si existía en las fantasías delirantes de unos pocos habitantes, los turistas que llegaban eran bichos raros, y Cristina Fernández de Kirchner no había dicho aún eso de que este pueblo frío era su "lugar en el mundo".
Esa es una versión aproximada de la explicación que ofrece María B., una escritora que vive en el pueblo hace 30 años, después que este cronista pregunte cómo es la sociedad calafateña, y que Jorge R. responda: "Competitiva, maligna e indigna". Jorge R., dicen, siempre tiende a ver las cosas un tanto negativamente.
Afuera falta poco para la caída del sol, y el cielo se cierra sobre la bahía Redonda. Desde la ventana se alcanzan a distinguir dos colores en el lago Argentino: cerca de la bahía es marrón, principalmente a causa de los efluentes cloacales sin tratar; a lo lejos, sobre el horizonte, el agua se vuelve de un tono azul irreal.
Una pureza cada vez más distante, lamenta Ana S., que llegó a hace 12 años y también descubrió que este era su "lugar en el mundo" —lo dice con la misma frase—, aunque por motivos muy diferentes. Frente su casa hay un camino en construcción, el paseo de la bahía, que pronto va a permitir que cualquiera se pueda trasladar a toda velocidad desde algún hotel de lujo semivacío hasta otro hotel de lujo semivacío. El Calafate debe ser la ciudad argentina con mayor cantidad plazas hoteleras por habitantes: se estima que cuenta con alrededor de 7.000 camas, lo que representa prácticamente una cada tres habitantes, aunque la población fluctúa en forma permanente.
"Hasta hace cinco años estaban más o menos parejos. Ahora son más los VyQ que los otros", dice María B., y el rencor de los NyC hacia algunos VyQ, sobre todo los que llegaron el último tiempo sólo para hacer negocios, ha crecido casi como el pueblo. Ella no lo dice pero no hace falta: se percibe.
En la casa de Ana S., los miembros del taller de escritores Manantiales analizan hacer una obra de teatro en base a un episodio desconocido para la mayoría de los habitantes: el 8 julio de 1946, un avión que había salido de El Calafate sufrió fallas en los motores y tuvo que hacer un aterrizaje forzoso sobre la meseta del lago Buenos Aires. Sus pasajeros estuvieron cuatro días en medio de la nieve, racionando la comida que les arrojaban y el agua que podían obtener, apoyándose los unos a los otros para resistir, hasta que fue posible iniciar el rescate, considerado como una hazaña colectiva.
La idea de los escritores es resaltar los valores que hicieron posible la resistencia y el salvataje de todos los que iban a bordo del trimotor Ibaté —gente común que en circunstancias extremas descubrió lo mejor de sí, la solidaridad, la entrega, la valentía—, para ponerlos en contraste con la que sucede en el presente. No se trata de una idea muy nueva, pero es indiscutible que es elocuente. Porque tal vez ese presente que ahora los espanta, en este rincón del sudoeste de Santa Cruz, comenzó a desplegarse aceleradamente con la llegada de otro avión: el primer Jumbo que aterrizó en el moderno aeropuerto internacional de El Calafate, inaugurado en el año 2000.
Presentes
Los primeros tres días, que es el tiempo promedio que se quedan los visitantes, es fácil hacer concesiones con el lugar: alrededor de El Calafate hay sitios de una belleza intimidante. “Desafortunadamente, no puedes visitar Argentina y evitar esta zona. Al menos, no debes hacerlo si deseas conocer el fantástico Parque Nacional de los Glaciares. Puedes llegar a perdonarlo casi todo sólo con disfrutar durante unas horas de la belleza del milenario Perito Moreno”, escribió Yasmina Giménez en el blog Sudamérica del diario El Mundo, indignada por el “robo a mano armada con aires presidenciales” que sufren allí los viajeros, e igualmente subyugada por el glaciar: “De ese poder hipnótico que posee el Perito Moreno para embelesar al que le mira se aprovecha la ciudad entera de El Calafate”.
Jorge R., que es arquitecto y llegó en 2006 para trabajar en la construcción de un hotel, cree que si las autoridades locales “tuvieran el glaciar, las cataratas, o el océano Indico sería lo mismo para ellos. Lo que tienen es una cosa ahí que les da una guita que entra acá. Eso es lo que les importa”. Y esa es básicamente la relación que tiene hoy la ciudad con la belleza natural que la rodea, dice, y se lamenta de que no exista un plan que pueda otorgar una identidad homogénea a la ciudad, a su crecimiento vertiginoso.
“Vos vas a ver un chalé de Martínez, una casa de la Villa 31, cualquier cosa”, explica. Es una mirada cruda, pero no exagera. Lejos de las ocho o diez cuadras principales de avenida Libertador, y de las manzanas más cercanas al perímetro del lago, donde se levantan algunas de las residencias más grandes y suntuosas y muchos de los alojamientos para turistas, El Calafate se convierte en una especie de villa de emergencia opulenta donde se mezclan casas alpinas, dúplex, obras a medio hacer, cabañas de madera, casillas, chalés prefabricados. A partir de 2004, dice María B., hacia arriba del pueblo, las casas comenzaron a aparecer “como hongos”.
Según los números del Indec, en 1991 vivían en El Calafate 3.114 personas. Para 2001 el número había crecido un 105 %, y el censo señalaba que había 6.400 habitantes. Hoy se estima que viven allí unas 22.000 personas. “De lo que nadie habló todavía es de la gran inmigración extranjera que hubo”, dice Josefina, que llegó como veterinaria y terminó dando clases de química y biología, y trabaja en la pastoral con inmigrantes. Para 2007, asegura, sólo en El Calafate había “unos 5.000 bolivianos” viviendo.
Hoy nadie discute que la explosión demográfica fue producto del crecimiento vertiginoso del turismo y de las inversiones inmobiliarias, un fenómeno que se desató como nunca antes en 2004, que fue justo el año en que los Kirchner decidieron apostar fuertemente y hacer negocios en El Calafate, y convertir ese pueblo ubicado a 300 kilómetros de Río Gallegos en su paraíso en la tierra, y en una inversión extremadamente rentable, que comenzó a venderse muy bien a nivel turístico en el país y en el mundo. No hay ninguna valoración particular en esta descripción: es un hecho considerablemente conocido y aceptado y comentado por los NyC y por los VyQ, como cuando uno va con ellos de paseo y te dicen “allá están haciendo la casa de Máximo”, o “esta obra es de Rudy Ulloa”, o “este es el hotel de los Kirchner” o “ahí viven los custodios de los presidentes”. Porque en el pueblo muchos dicen así, “los presidentes”.
Cosas que dice Wikipedia, y que cualquier estudiante de secundaria copiaría sin citar en su monografía: El Calafate “fue fundada oficialmente en 1927 por el gobierno argentino, a fin de consolidar el poblamiento de la región. Sin embargo, sería la Administración de Parques Nacionales la responsable de consolidar la localidad (...). Durante muchos años, Parques Nacionales fue la institución más importante de la localidad, trayendo la electricidad, inaugurando el primer cine, abriendo caminos, construyendo puentes, gestionando la primera hostería del pueblo, entre otras infraestructuras”. Antes de todo eso, dice la gran enciclopedia virtual, El Calafate “no era más que un punto de aprovisionamiento de los transportes de lana, realizados en carreta, desde las estancias de la región”.
Pasados
Hay pocos lugares en El Calafate donde se pueden ver colgadas imágenes de Facón Grande, nombre con el que era conocido José Font, el gaucho entrerriano que habían elegido como representante los peones rurales de Puerto Deseado durante las huelgas de 1919-21, y que fue fusilado junto con sus compañeros en El Jaramillo.
Uno de esos lugares es la casa de Fernando M., un técnico electricista de Zárate que llegó a la ciudad hace cinco años, y que trabaja en el aeropuerto desde que abandonó su trabajo anterior. Antes se desempeñaba en la empresa de transporte lacustre que tiene la concesión para navegar en el Parque Nacional Los Glaciares: allí la mayoría de la gente hace una jornada laboral de 12 horas, aunque a veces podía llegar a extenderse hasta 14 o 15 horas, cuenta Fernando, si tenían la mala suerte de que se rompiera algo.
Algunos de sus antiguos compañeros, también de otros lugares del país (Entre Ríos, Chubut), siguen allí: un transporte los pasa a buscar a las 7 para llevarlos a trabajar, y los devuelven a sus casas a las 19. No existen los fines de semana, y pueden llegar a pasar años sin que les permitan tomarse vacaciones. El trabajo con el turismo es así, dicen, o al menos se justifican, porque atrás de ellos hay cientos en busca de esos puestos que aceptarían las mismas condiciones.
En el museo de El Calafate —o “centro de interpretación histórica” como les llaman ahora— también hay imágenes de Facón Grande. Hay una imagen pequeña, en realidad, donde se lo ve casi entre sombras, de brazos cruzados, junto a otras imágenes de líderes huelguistas de la Patagonia Rebelde, casi todos fusilados por los soldados al mando del coronel Héctor Varela que había resuelto enviar Yrigoyen para terminar con las huelgas. Los peones exigían que les dieran un paquete de velas por mes por obrero, botiquines para curar con instrucciones en castellano, cien pesos por mes, medio día más de descanso por semana: trabajaban de 12 a 15 horas diarias, y los salarios eran ínfimos.
La historia es un círculo infernal. La represión desatada entonces por Varela “regocijó a la comunidad inglesa”, cuenta el escritor británico Bruce Chatwin en su libro En la Patagonia: “Durante un banquete que se celebró en Río Gallegos, el presidente local de la Liga Patriótica Argentina se refirió a «la dulce emoción de aquellos momentos» y al júbilo que había sentido cuando lo liberaron de semejante plaga. Varela respondió que había cumplido con su deber de soldado, y los veinte británicos presentes, que no eran muy versados en castellano, rompieron a cantar: «For he’s a jolly good fellow » (Porque es un buen compañero)”.
Hoy, en El Calafate, los menúes de casi todos los bares y restaurantes están traducidos al inglés. Un detalle que no agregaría demasiado a los atributos esperables de una ciudad turística, si no fuera porque el teatro del presente se construye pensando casi exclusivamente en otro idioma: los inversores preparan el escenario para los angloparlantes, los extranjeros, o los turistas argentinos que extraen un estatus simbólico del hecho de comer en un lugar donde las cosas también están en inglés, y hasta solamente están en inglés. Las pupilas de los nuevos VyQ traducen uno por cuatro, uno por seis.
Es lógico: hay gente que se siente estafada. En El Calafate hay empleados argentinos que apenas llegan a fin de mes a pesar de sus sueldos y sus jornadas laborales maratónicas, porque si quieren comprar un kilo de helado deben pagarlo en inglés. Y hay viajeros que llegan hasta allí movidos únicamente por la pasión por el mundo, por la curiosidad o el instinto (“tengo que ir”), para conocer una maravilla de hielo que excede las posibilidades de creación o de destrucción del hombre (frente al Perito Moreno, las personas hablan en voz baja, como si estuvieran en un templo). Esos sienten más frío con los menúes bilingües que con el viento que baja con los hielos continentales. Siempre les queda la opción de comprar comida en los supermercados La Anónima, que están por todos lados en la Patagonia: es una abreviatura de La Anónima Exportadora e Importadora del Sur, la empresa que pertenece a herederos de la familia Braun Menéndez, también propietarios de la estancia La Anita, justamente donde están sepultados los 610 peones huelguistas fusilados por el Ejército Argentino en aquel espantoso 10 de diciembre de 1921.



































